Relato corto: El último tren a casa

Era una calurosa noche de verano… un hombre paseaba, con las manos en los bolsillos por las calles de Madrid pensando en cómo regresar a casa después de una noche como aquella, una noche en la que se había descubierto a sí mismo y el modo en que debería vivir de ahora en adelante.

Perdido entre sus pensamientos, se paró en seco al oír en la lejanía el lento llanto de una persona… de una chica adivinó,. Que no quedaba muy lejos de donde él se encontraba.

Apenado por esos sollozos, callejeo siguiendo el sonido hasta llegar a una plaza y allí, sentada en un banco debajo de una farola con la luz a punto de marchitarse, la vio a ella.

Ya más curioso que apenado, se acercó a la chica para ver si podía ayudarla de algún modo, ya que, en aquella noche en la que no se oía ni un coche, ni una sirena, su llanto partía la calma como una espada el yelmo de un caballero.

Se sentó a su lado, esperando que la chica levantara la cabeza y se diera cuenta de su presencia. Al cabo de unos minutos, ella le miró y vio en él una sonrisa cálida, amable y reconfortable. Él la cogió de la mano, puso la otra encima y le dijo:

-         -  No llores. Nada en este mundo merece que unos ojos como los tuyos derramen esa agua que tanto nos diferencia unos de otros.

Ella, anonadada ante estas palabras, dejó que otro par de lágrimas resbalaran por sus mejillas, pero él, piadoso, levanto una de las manos y las frenó justo cuando iban a llegar a sus finos labios, y continuó hablando:

-          - Nada, ni siquiera la muerte merece que lloremos más, pues el enfrentarnos a ella nos hará más fuertes y el asumir que ella está ahí nos hará más sabios, y de este modo, podremos respetar y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida: un pétalo de rosa, el canto de un mirlo o quizá la risa de un niño son motivos para no perder el tiempo llorando.

Ella, cogió la mano de él y, besando los dedos donde descansaban sus lágrimas dijo, con voz entrecortada:

-          - No lloro por la muerte ni por la desdicha humana, lloro por la luz de esta farola que se marchita sin que nadie se dé cuenta, porque esta farola representa todo lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. Que nuestro paso por la tierra es una mera anécdota y que en cualquier momento podemos apagarnos.

Él, totalmente triste, dejó la mano de la chica en su pecho, se levantó del duro asiento y, se acercó a la moribunda farola, la tocó y de repente la luz se hizo más fuerte y la plaza recuperó parte de su vida.

Al apartar la mano él se dio la vuelta, pero la chica ya no estaba. Confuso, miro por doquier buscando ese bello rostro, pero solo estaba él. Triste, miro su mano y una lágrima cayó en su palma, alzó la vista y vio como el espíritu lloraba su marcha.


Con esto, el muchacho se dio por vencido, volvió a meter las manos en los bolsillos y se adentró en la oscuridad para buscar el último tren que le llevara a casa.

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