Iridiscente

La oscuridad rodeaba una figura que se encontraba arrodillada en el suelo, respirando con fuerza, agotada de la carrera que llevaba a sus espaldas.

De repente un sonido detrás de ella.

Su columna percibe la tensión y automáticamente vuelve a correr.

Delante de sus ojos un camino recto. Eterno. Infinito.

De repente una fina lluvia comienza a caer, mojando su cabello, mojando sus ropas, mojando sus zapatillas.

Una casa se alza ante sus ojos como salida de la nada. Una mansión de estilo victoriano, oscura, con ventanas cerradas y cortinas echadas. Nada impide que su carrera acabe de manera precipitada ante las puertas de esa mansión abandonada. De esa mansión que representa el fin de su viaje. El fin de su vida.

Se lanza ante las puertas, esperando el golpe que la lleve hacia el final de todo.

Pero las puertas estaban abiertas.

Ya dentro no sabe qué hacer. El olor a lluvia lo inunda todo. La mansión está fría. Oscura. Abandonada. Lo único que puede hacer es esperar. Los rayos iluminan toda la estancia vacía y la figura vuelve a arrodillarse, notando el contacto del suelo sucio de polvo de años de abandono.

De repente se oscurece la puerta. Una figura ante ella proyecta una sombra que inunda el hall de entrada donde hacía solo unos instantes ella había estado.

Una voz la reclama.

Ella llora.

Sus sollozos delatan su posición.

Él se acerca. Ella nota su presencia detrás. Una mano en su hombro.

De repente un calor dulce. Tierno. Recorre su espalda y llena su cuerpo.

De repente la habitación no está tan oscura.

De repente su visión se aclara.

Se pone de pie y, armándose de valor, se pone cara a cara con su perseguidor.

Éste le devuelve una tierna sonrisa. Todo cambia dentro de ella. Cree que todo puede ir bien. Cree que quizá él es lo que lleva tanto tiempo buscando.

Él le dice solo dos palabras: Déjate llevar.

Y así fue como como el frío y la desesperación desaparecieron de su cuerpo y lo recordó todo.

Y se dejó llevar.


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